Para poder hablar sobre Watuq y sobre Sinchi y tratar de comprender lo que son y lo que representan, primero tienes que salir del esquema uni-forme, uni-versal y estructurado de los conceptos «uni» e «iso» humanos de lo que una persona o runa representa.

Puerta del TaytaInti, Tiwanaku, Bolivia.
Estos personajes no son personas individuales, sino que representan un cúmulo de consciencias en su interior, que representan y llevan consigo en su interior, a las consciencias de los animales, de las plantas, de los diferentes reinos de la «naturaleza», de las montañas, y muchas otras consciencias, por lo que no son personas, sino un cúmulo de consciencias, encarnadas dentro de un cuerpo.
Esto último lo conoce muy bien el mundo antiguo y la «naturaleza», pero el mundo moderno individualista que «vive» dividido, fraccionado y separado de todo y de sí mismo, no conoce casi nada al respecto.
Por eso, considero de que la mejor forma de poder explicar un poco sobre estos dos personajes, es por medio de un «Willakuy», un cuento o un relato. Para esto, he elegido un cuento que es conocido en los Andes y cuyo contenido va muy de la mano, con lo que estos dos personajes buscan transmitir y comunicar.
La Leyenda de Yungay y el Castigo del Huascarán
Hace siglos, en el valle del Santa (donde hoy estaba Yungay), los habitantes vivían bajo la sombra del majestuoso Nevado Huascarán, considerado un Apu (dios montaña) supremo. La tradición decía de que el Huascarán y su vecino, el Huandoy, eran deidades protectoras que exigían respeto y ofrendas constantes.
Según la versión oral que se popularizó después de 1970, un día llegó a la región un anciano misterioso, de aspecto humilde, con ropa raída y un bastón de madera nudosa. Se decía que era una manifestación del propio Wiracocha o del espíritu del Huascarán, venido a probar la fe de la gente.
El anciano recorrió el pueblo pidiendo asilo y comida. Sin embargo, los habitantes de Yungay, en su orgullo y prosperidad, lo recibieron con desdén.
- Algunos lo insultaron llamándolo «vagabundo».
- Otros lo echaron a golpes, negándose a compartir su alimento.
- Los líderes del pueblo se burlaron de su apariencia, diciendo: «¿Por qué darle a este viejo si tenemos tanto?».
El anciano, con tristeza en los ojos, se retiró hacia las faldas del Huascarán. Antes de desaparecer entre la niebla, miró hacia el pueblo y dijo: «La montaña guarda silencio, pero no olvida. Cuando el respeto muera, la nieve caerá».
Con los años, la gente olvidó la advertencia. La prosperidad aumentó, pero el respeto a la montaña disminuyó. Se dice de que el espíritu del anciano (o el Apu) esperó el momento adecuado.
El 31 de mayo de 1970, un terremoto de magnitud de 7.9 sacudió la región. En ese instante, la leyenda cobra vida:
- El Despertar: El Huascarán, herido por el sismo, se rompió.
- La Ira: Una masa gigantesca de hielo, roca y tierra (más de 20 millones de metros cúbicos) se desprendió de la cima.
- La Sepultura: El alud descendió a más de 100 km/h, chocó contra el lago Llanganuco, se transformó en un tsunami de lodo y rocas, y cubrió completamente la ciudad de Yungay en cuestión de minutos.
La ciudad entera, con sus casas, iglesias y habitantes (unas 20,000 a 25,000 personas), quedó sepultada bajo metros de escombros. Solo quedó visible una pequeña parte de la iglesia, algunas palmeras y el cementerio, que hoy forman el Campo Santo de Yungay.
Hoy en día, esta historia se cuenta en los colegios y entre los turistas como una advertencia moral:
- El «anciano» representa la naturaleza y los dioses antiguos.
- El «maltrato» simboliza la arrogancia humana y la pérdida de valores.
- El «entierro» es la consecuencia inevitable de romper el equilibrio (ayni) con la naturaleza.
De esta manera, estos dos personajes, Watuq y Sinchi, representan consciencias del pasado, que a manera de «Wayras», vientos o voces antiguas, buscan hacer recordar a las personas de estos tiempos, cuanto se han alejado de sus raíces y de sus orígenes, así como también, mostrar o advertir a las personas de lo que está por venir.
El Mito de Wirakucha
(Extracto)
«Luego, este Wiracocha prosiguió su camino haciendo sus obras hasta que llegó a la línea equinoccial cerca al Ecuador, donde queriendo dejar esta tierra, informó a la gente sobre las muchas cosas que habrían de suceder. Les dijo que con el tiempo habrían de venir gente diciendo ser Wiracocha y a los cuales no les deberían de creer. Y dicho esto se metió al mar caminando por sobre el agua como si fuese su espuma».